sábado, 28 de julio de 2007

4.Prosiguiendo con el círculo y su altar,


Tras este lapso,quizá
Pienso que el altar, que puede ser acertado en nuestros ritos, obtiene sus elementos, más que decorativos, simbólicos, de plantas o ramas u hojas que hayamos encontrado, también minerales o piedras que sin pulir, tal y como se encuentran en su estado natural, pues son excelentes conductoras de energía. Y tal y como decían nuestros hermanos espirituales de antaño, mencionaré que “si tomas una piedra del bosque, no lo hagas solo con la mano, tómala también con el corazón y la sentiremos en nuestra alma”. Si el altar está muy lleno, éste puede ser una distracción y un obstáculo mas que un soporte para nuestra práctica. El altar debe ser fuente de calma, energía centrada hacia nosotros. Se pueden igualmente colocar velas, candelas o antorchas para facilitar la visión tanto del altar, como del área del círculo, si es preciso.

Se sabe que los antiguos druidas, instruían y realizaban ciertos rituales junto a sus discípulos en el interior de cuevas que iluminaban. Utilizaban en dicha iluminación, como resultará obvio suponer, el fuego. No sólo antorchas, teas, u hogueras cuando sus rituales eran al aire libre, sino también velas, al parecer de cera virgen de abeja, (no de cera de abeja virgen, que no es lo mismo), sin blanquear. O cuando los bardos buscando la inspiración de La Awen, se recluían en lugares aislados, chozas, cabañas, cuevas etc., sin ventanas, para impedir la entrada al ruido o a la luz del día. La única Luz que solían tener era la de la iluminación de la Awen y aquella tenue que proporcionaban las llamas de las velas de cera. A mí, tampoco, me cabe duda, la luz de una vela es embriagadora, cautiva, hipnotiza y ayuda a que acuda la Awen. Esto último lo afirmo, como bardo.

Se ha de mencionar, que todo objeto utilizado en un ritual druídico es un elemento que posee sus cualidades propias y su simbología. Estos objetos, son herramientas y arquetipos valiosos, pues la percepción de una imagen, activa todo nuestro ser. Impulsa a la mente, en su forma racional o emotiva, a la evocación memorística de nuestra herencia espiritual, a la imaginación en los planos intuitivos y en el orbe de los deseos, incluida la afectividad. Es decir, involucra todo nuestro Ser, tanto al plano consciente como al inconsciente. Así comprendemos que la apreciación alegórica del símbolo, descubre las profundidades de nuestro Ser, a través del objeto que nos estimula y expande nuestro autentico Yo. Simbolizar es lo consecuente en el ser humano, es lo más claramente perceptible, lo más testimonial o útil; e incluso es el principio por el que se manifiestan las esencias inconscientes hacia el plano consciente, gracias a una sucesión de evocaciones, reminiscencias, sentimientos y otras metáforas. El símbolo lo utilizamos frecuentemente en nuestras vidas. Y en el ritual, tampoco podría ser de otra manera. Es necesario, para activar nuevos pensamientos, para encarnarlos de la manera más adecuada. Sirven para desplegarse hacia nuevas dimensiones, para proyectar la mente y el espíritu hacia lo infinito, y librarnos de limitaciones físicas que nos restringen. Cualquier símbolo debería ser un elemento encaminado hacia una realización propia de crecimiento interior, y ser también un manantial de conocimiento, ya que combina los diferentes niveles de nuestras mentes. El símbolo y el arquetipo es el lenguaje que también utiliza el espíritu a través de la mente y el cuerpo como medio de comunicación en el ritual druídico. Con ellos nuestra magia interior se concentra, y facilita que ésta entre en contacto con nuestro sub-consciente para ayudarle a realizar, entender e involucrarse íntimamente con la ceremonia.